
La Biblioteca tuvo su origen en los fondos donados por la familia de Gumersindo de Azcárate. Sus sobrinos herederos interpretaron con gran sagacidad los ideales de Gumersindo y donaron en 1917 su biblioteca a la Fundación Sierra-Pambley, salvo los manuscritos que fueron a pasar a la Academia de la Historia, de la que era miembro.
En 1917 Manuel Bartolomé Cossío, que sucedió en la presidencia del Patronato de la Fundación Sierra-Pambley a Gumersindo de Azcárate, fue el encargado de la recepción de este legado. Decidió la construcción de una biblioteca que albergara los fondos y creó para ello una bella instalación en la parte baja de los inmuebles de la Fundación en la calle de Sierra Pambley. El proyecto fue encargado al arquitecto municipal Manuel de Cárdenas, profesor de dibujo de la Escuela Industrial de Obreros de la Fundación Sierra-Pambley, quien diseñó y ejecutó las obras conforme al consejo e instrucciones directas del presidente del Patronato. El resultado fue una sala de lectura en forma de L, inspirada en las bibliotecas inglesas del S. XVIII, llamada Biblioteca Azcárate, que ha perpetuado su recuerdo en su ciudad natal.
La donación estaba constituida por obras de derecho, sociología, economía, etc., procedentes, muchas de ellas, de regalos de sus discípulos y admiradores que testificaban con este gesto el cariño al maestro. Muchas de ellas, unas 350, contienen dedicatorias curiosas a Gumersindo.
En el momento actual, la Biblioteca sigue funcionando a disposición del público, en jornada de tarde. Contiene entre las obras inicialmente adquiridas y las posteriores adquisiciones y donaciones unos 5.600 títulos y una importante colección de revistas, entre ellas la colección completa del Boletín de la Institución Libre de la Enseñanza (B.I.L.E.). Sus fondos se encuentran esperando estudiosos.
Hay otros motivos para visitar esta acogedora biblioteca. El paseante buceador de artísticos rincones puede encontrar un local con el mobiliario original elegido por Manuel Bartolomé Cossío: las sillas y mesas diseñadas para una cómoda lectura y, sobre todo, el elevado estrado del director, hoy ya pieza histórica, que durante años ocupó Antonio G. de Lama y desde el que orientó y coordinó el movimiento poético del que fue portador, la revista Espadaña.