«Eran los años fríos y oscuros de la postguerra. Yo vivía en León mi adolescencia y me acercaba cada tarde a la biblioteca de Azcárate. Desde entonces, la lectura se convirtió en la principal de mis aficiones.»

Josefina Aldecoa

Josefina Aldecoa en la Biblioteca Azcárate junto al presidente de la Fundación Sierra Pambley, Joaquín López Contreras durante el ciclo «Narradores» en 2005

La prensa se ha hecho eco de esta desgraciada noticia. El diario El País publica un reportaje sobre el fallecimiento de esta excelente escritora al igual que el Diario Público y La Crónica de León. Os dejamos un texto extraído del Diario de León:

Fue una mujer con mucho Estilo, y no sólo porque este era el merecido nombre del colegio que fundó en 1959 en Madrid siguiendo las ideas de la Institución Libre de Enseñanza. Josefina Rodríguez Aldecoa murió igual que ha vivido. Con sencillez. Sin aspavientos. La escritora leonesa había decidido retirarse a su refugio cántabro de Mazcuérras, donde pasó sus últimos años, alejada de la vida pública, porque sufría una enfermedad degenerativa. Tenía 85 años. Sus restos mortales serán incinerados hoy en una ceremonia íntima que se oficiará en Santander, según anunció su hija Susana. En León una calle lleva su nombre; y en La Robla, queda su casa natal en la avenida a la que también ha dado nombre la autora de Mujeres de negro. Hija y nieta de maestras y maestra de maestros, Aldecoa siempre creyó en una educación libre, culta y laica, como digna heredera de los valores de la Institución Libre de Enseñanza. «Mi madre era maestra en la República y para mí sigue siendo el proyecto educativo más importante que ha habido en España, basado en el respeto al alumno, en la libertad, en la cultura y en todas las cosas que a mí me gustan». Josefa Rodríguez Álvarez (La Robla, 1926), decidió incorporar el apellido de su marido, el escritor Ignacio Aldecoa, cuando contrajeron matrimonio, en 1952. A los diez años se trasladó a León para estudiar bachillerato. «Me enviaron a vivir con las hermanas jóvenes de mi madre, que por entonces tenían un piso alquilado en León, donde estudiaban. La experiencia fue para mí muy interesante». «Eran los años fríos y oscuros de la postguerra. Yo vivía en León mi adolescencia y me acercaba cada tarde a la biblioteca de Azcárate. Desde entonces, la lectura se convirtió en la principal de mis aficiones». Aldecoa descubrió a los 15 años su verdadera vocación, la literatura, por el impacto que le causaron la poesía de Eugenio de Nora y de Victoriano Crémer y la revista Espadaña.

En 1944 se instala en Madrid para estudiar Filosofía y Letras y es entonces cuando entra en contacto con un grupo de amigos que luego formarían parte de la llamada Generación de los cincuenta: Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa. Hace sólo tres años Aldecoa cumplía un viejo sueño, escribir una novela romántica: Hermanas, donde aborda la relación de dos hermanas enfrentadas por el mismo amor. Aldecoa ha sido siempre una luchadora infatigable y una pionera en la defensa de los derechos de la mujer. En 1969, tras la muerte de su marido, abandonó la escritura. «Vivimos la literatura de modo desmesurado en esa España siniestra», decía a propósito de la especial relación que mantenía con su esposo. En 1981 Aldecoa publicó una edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa y continuó su actividad literaria con novelas como Los niños de la guerra, La enredadera, Porque éramos jóvenes y El vergel. En 1990 inició una trilogía de contenido autobiográfico con Historia de una maestra, Mujeres de negro y La fuerza del destino. Ayer el mundo de la cultura volvía a vestirse de luto en unos meses especialmente trágicos en León, tras la muerte de Fernando Urdiales, Valentín García Yebra y Odón Alonso. Se ha ido la gran dama Josefina Rodríguez Aldecoa, que escribía para que la quisieran un poco más.