Esta conferencia tendrá lugar hoy, 13 de febrero, a las 2o:00h en el salón de actos de la Fundación Sierra Pambley, dentro del ciclo “La Ilustración un proyecto vivo” y será impartida por Francisco Carantoña Álvarez, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de León, patrono de la Fundación Sierra Pambley y del Foro Jovellanos del Principado de Asturias.

La Ilustración no tenía un pensamiento único, tampoco en lo relacionado con los sistemas políticos, pero sí puede afirmarse que los planteamientos de Locke y Montesquieu sobre la necesidad de separar los poderes del Estado, que era preferible que el poder legislativo residiese en un órgano colegiado y representativo, que los tribunales debían ser independientes e inamovibles y que nadie podía ser juzgado más que por leyes anteriores a la comisión del delito, eran ideas que compartían la mayoría de los ilustrados. También la defensa de la libertad de imprenta y la tolerancia religiosa. De hecho, era bastante general la admiración por el sistema político británico, idealizado por Montesquieu.

Es cierto que lo que podríamos llamar su concepción pedagógica de la actividad pública condujo a relevantes ilustrados, como Voltaire y Diderot, a convertirse en consejeros de monarcas absolutistas, pero el primero nunca ocultó su simpatía por el sistema político inglés y el segundo manifestó su admiración por la nueva república, ya casi democrática a finales del siglo XVIII, que había nacido en Norteamérica.

En España, Jovellanos era también un anglófilo. “Mi deseo era preparar por medio de nuestro plan una Constitución modelada por la inglesa y mejorada en cuanto se pudiese, y a esto se dirigía la forma que ideamos para la organización de la asamblea [las Cortes que la Junta Central había convocado a propuesta del ilustrado gijonés]” le escribía a Lord Holland en 1810.

Jovellanos era un reformista, temía las consecuencias de una revolución radical, como le decía a Jardine en 1794: “es, pues, necesario llevar el progreso por sus grados”. Reforma frente a revolución: “jamás concurriré a sacrificar la generación presente por mejorar las futuras”; por eso, “conviene que cada nación trabaje por mejorar su sistema, aunque erróneo, para acercarse más a otro mejor o menos malo”. En 1794, como en 1810, sostiene que se debe partir de las leyes fundamentales para realizar la reforma. También sostuvo siempre que en la “Constitución tradicional” la soberanía residía en el monarca, aunque debiera legislar con las Cortes, y eso le parece, además, conveniente porque es un freno contra la democracia. Si la nación es soberana podría legislar libremente y, por ejemplo, abolir la monarquía, eso conduciría a un conflicto civil, al enfrentamiento entre clases y tendría consecuencias nefastas, podría acabar en la peor de las dictaduras, como consideraba a la época del terror.

¿Era reaccionario ese planteamiento de Jovellanos? Para comprenderlo adecuadamente debemos tener en cuenta que en aquella época, sobre todo después del terror, los liberales, incluida la mayoría de los que en las Cortes defendían la soberanía de la nación, no eran demócratas. Para ellos, la soberanía nacional suponía una primacía de las Cortes, que representaban a la nación, sobre el rey. Era una garantía frente al absolutismo, pero no implicaba el sufragio universal masculino directo –aunque es cierto que la Constitución de 1812 establece el indirecto en primera instancia y, de hecho, funcionó sin que se restringiese en ninguno de los niveles de elección-, ni escondía pretensiones republicanas. Es más, si en Cádiz la soberanía de la nación contó con considerable apoyo fue en parte porque reafirmaba el derecho a rechazar las abdicaciones de Bayona y la imposición de José I por Napoleón. Por eso el artículo segundo de la Constitución decía: “La Nación española es libre é independiente, y no es, ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”.

Desde los años veinte del siglo XIX muchos liberales fueron acercándose a las posiciones de Jovellanos sobre la soberanía que, de hecho, se convirtieron en dominantes en España y en Europa con el llamado “liberalismo doctrinario”. Recordemos, por ejemplo, que tras la revolución de 1830 tampoco se restableció la soberanía nacional en Francia y, sobre todo, que en el sistema británico, que tanto admiraba Jovellanos, el rey era el soberano y nunca dejó formalmente de serlo.

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