La peste de los siglos XV y XVI instauró la idea del agua como primer agente infeccioso y de contagio, pues servía de vehículo que introducía las enfermedades a través de los poros de la piel. En este periodo se rehúye el contacto con el agua y el aseo se convierte en seco. Se creía también que los parásitos nacían de una transpiración pestilente y su exudación se intentaba eliminar mediante el control de la dieta. Durante el siglo XVII se considera que la ropa limpia la piel, se utiliza el cambio de camisa y es la ropa la que lava el cuerpo llevándose con ella el sudor y la suciedad. El cabello y el rostro se cubren de polvos blancos y rojos para evitar la suciedad y camuflar la grasa del pelo, los intensos perfumes camuflan los olores.

Durante el siglo XVIII comienzan a instalarse baños públicos. Aunque en un primer momento con indicaciones terapéuticas, pronto se va instalando la costumbre del baño, y los hoteles comienzan a instalar las primeras bañeras, aparecen los primeros bidés y desde 1760 prolifera el mobiliario destinado para el aseo, como lavabos, bidés y bañeras, y las aguas de colonia frescas relegan a los perfumes. Hacia finales del siglo XVIII la higiene se ha desarrollado notablemente y empieza a relacionarse con la preservación de la enfermedad.

El término higiene no aparece aún en el diccionario de la Real Academia Española del año 1791, se incluye en la edición de 1852.  Se define como la “parte de la medicina destinada a preservar la salud”. Ambos volúmenes son auténticos tesoros que conserva la Biblioteca Azcárate de la Fundación Sierra Pambley.

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