Hoy continuamos con nuestra “jardesía” para que explores los secretos poéticos de nuestro jardín. Estamos seguros de que nuestra maravillosa higuera habría hecho las delicias del gran poeta del pueblo: Miguel Hernández. Tal y como nos cuentan desde la Universidad de Murcia:

“Sus amigos poetas admiraban en Miguel Hernández su amor a la naturaleza, su frescura, su espontaneidad, la pasión por su tierra natal de naranjos, palmeras e higueras. La higuera no era para el poeta tan sólo un lugar de sombra, descanso e inspiración. Los higos eran los frutos preferidos por Miguel Hernández y en las higueras, como las que tenía en su huerto, veía la expresión de la naturaleza, de la fuerza vital que no es dominada por el hombre”.

Disfruta de esta magnífica Oda a la higuera del poeta oriolano:

Abiertos, dulces sexos femeninos,
o negros, o verdales:
mínimas botas de morados vinos,
cerrados: genitales
lo mismo que horas fúnebres e iguales

Rumores de almidón y de camisa:
¡frenesí! de rumores en hoja verderol, falda precisa,
justa de alrededores
para cubrir adánicos rubores.

Tinta imborrable, savia y sangre amarga;
malicia antecedente,
que la carne morena torna y larga
con su blancor caliente,
bajo la protección de la serpiente.

¡Oh meca! de lujurias y avisperos,
quid de las hinchazones.
¡Oh desembocadura! de los eros;
higuera de pasiones,
crótalos pares y pecados nones.

Al higo, por él mismo vulnerado
con renglón de blancura,
y orines de jarabe sobre el lado
de su mirada oscura,
voy, pero sin pasar de mi cintura.

Blande y blandea el sol, ennegrecido,
el tumor inflamable.
El pájaro que siente aquí su nido,
su seno laborable,
se ahogará de deseo antes que hable.

Bajo la umbría bíblica me altero,
más tentado que el santo.
Soy tronco de mí mismo, mas no quiero,
ejemplar de amaranto,
lleno de humor, pero de amor no tanto.

Aquí, sur fragoso tiene el viento
la corriente encendida;
la cigarra su justo monumento,
la avispa su manida.
¡Aquí vuelve a empezar!, eva, la vida.