A finales del siglo XVIII los pensadores de la Ilustración comenzaron a realizar estudios sobre la salubridad de las ciudades y a señalar las cloacas y pozos negros urbanos, las acumulaciones de basura, los cementerios en torno a las iglesias y los mataderos y hospitales situados en el centro de las ciudades como focos importantes de infección. Pronto aparecen las primeras fuentes públicas y puntos de agua corriente en las calles para mejorar la higiene urbana.

Se impone la idea de que la falta de higiene propaga la enfermedad. En España, famosos médicos como Ruíz de Luzuriaga y Seoane Sobral, conocedores de las tendencias higienistas europeas, fueron los introductores de estas ideas en nuestro país. Pedro Felipe Monlau, su discípulo, designado en 1851 delegado médico español de la Primera Conferencia Sanitaria Internacional de París, escribió numerosísimos trabajos sobre medicina preventiva y recomienda, para mantenerse sano, sobriedad, ejercicio y limpieza. Un ejemplar de sus Elementos de Higiene Privada o Arte de conservar la salud del individuo se conserva en la Biblioteca Azcárate de la Fundación Sierra Pambley.