Luisa de la Vega Wetter. Mujeres abriendo puertas en la Fundación Sierra Pambley

La vida dibuja círculos con trazos invisibles. Luisa llegó a Villablino (León) en 1904, en su maleta llevaba el recuerdo de su vida en París donde había aprendido el alemán materno, el español paterno y el francés nativo y estudiado la carrera de magisterio. Allí fue donde conoció a su primer marido, Augusto González Linares, un eminente naturalista que participó en la fundación de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y que recaló en la sección de botánica del Museo de París. Ya casada con él y trabajando mano a mano como auxiliar de laboratorio e ilustradora científica, asistió a la fundación de la Estación Biológica de Santander.

Con la muerte de su marido, Luisa tuvo que dejar atrás el mar y viajar al interior de León, a la montaña, para hacerse cargo como maestra de la escuela más transformadora de la Fundación Sierra Pambley, la Mercantil y agrícola de Villablino, desde la que toda España aprendió a elaborar quesos y a consumir mantequilla. Y se encontró con Juan Alvarado, director de la escuela, con quien compartió el proyecto de la Fundación Sierra Pambley y su vida en un nuevo matrimonio. Llegó a Villablino gracias a su vínculo con la ILE y a su amistad personal con Manuel Bartolomé Cossío. Con ella fue su hija, Genara.

Comenzó su tarea en Villablino dando clases a los chicos de aritmética, cálculo mercantil y teneduría (con la que programó unas prácticas de verano en el Banco Mercantil de León), de historia, moral y francés, donde alcanzaba un nivel tan elevado con los alumnos que ya le permitía dar las clases en ese idioma. Y comenzó su lucha por conseguir una escuela también para niñas. La Fundación Sierra Pambley inauguró la sección de niñas de la escuela de Ampliación primaria de Villablino en 1913 y Luisa pronto logró equiparar los contenidos de ambas enseñanzas, masculina y femenina. Como maestra de niñas, Genara González de Linares, su hija, la primera mujer en sacar el título de bachiller en León, fue su principal apoyo.

La igualdad y la coeducación fueron las direcciones más determinadas de las enseñanzas de Luisa de la Vega. Durante más de un curso Luisa de la Vega puso en manos de “chicas y chicos” – comenta en una carta a Gumersindo Azcarate- sus máquinas personales de coser y escribir y ocupaba todos los días más de un cuarto de hora en obligarles a lavarse.

Escribió a Cossío en 1915: “La enseñanza del cultivo de huertas es tan importante para la mujer como para el hombre, aquí este cultiva tierras y prados, las huertas las cuidan las mujeres, por eso la profesora de niñas tendrá que enseñar a estas a hacer semilleros de primavera y de otoño, a podar, a injertar, a plantar esquejes, a analizar someramente las tierras, a escoger semillas y algo de cultivo de flores”.

Y durante el aburrido y frío invierno todas las tardes reunió en su casa durante dos horas “con el pretexto del francés”, -dice en otra de sus cartas a Cossío- a todos los muchachos y muchachas, introduciendo espacios nuevos de coeducación. Los calechos que celebraba, (reuniones de vecinos para conversar, expresión de la cultura popular en las comarcas de la montaña leonesa), ocupaban las tardes donde no había nada que hacer en las casas, “vienen por su gusto, para divertirse, por eso los calechos deben ser divertidos”.

Tras la muerte de su marido Juan Alvarado y ante la desdicha de su doble pérdida escribe a Cossío: “usted me dice que tuve en la vida menos que merecía, y yo con absoluta sinceridad le digo que no tengo derecho a quejarme de la vida. La dicha es algo anormal que trae la casualidad (…) Yo tuve, de un modo y de otro mala suerte indudablemente, pero por temperamento no puse nunca sobre el tapete la vida toda y lo que se perdió fue solo la dicha”

Toda la fuerza y la dignidad de esas palabras, -Luisa nos habla a través de las cartas que conserva el Archivo Sierra Pambley-, se hizo patente en la disputa, personal y sobre las competencias docentes, que tras su viudedad mantuvo con el maestro y pronto nuevo director de la Escuela, que acabaron en 1916 dando fin a doce años de magisterio en Villablino, dejando atrás la modernidad de su enorme labor y su implicación con la docencia.

Luisa de la Vega llenó de nuevo su maleta y dijo adiós a las montañas. Acompañada por Genara y su pensión de viudedad partió hacia Madrid para dar clase de bachillerato y francés en el Instituto Escuela, el centro de enseñanza secundaria de la ILE.

En 1923 volvió al mar desde tierra adentro con su trabajo como auxiliar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales que conserva un importante conjunto de sus láminas. Se convirtió, como ilustradora de zoología y botánica, en una pionera en el estudio de las ciencias del mar, e ilustró importantes publicaciones científicas. Una muestra de esas fantásticas láminas se puede encontrar en el proyecto Oceánicas.