A las diez de la mañana comenzó el viaje. Desde Palencia y al atravesar cada uno de los pueblos, la incertidumbre por el recibimiento acrecentaba nervios e ilusión, los vecinos salían al paso del tren entre gritos de alegría o lo recibían asustados lanzando piedras, como en Becerril de Campos. Cinco horas de viaje, casi a las tres de la tarde apareció a lo lejos la estación de León, impresionante y moderna, afrancesada, emulando la obra de Eiffel, engalanada para la ocasión. Diez vagones de pasajeros descendieron al andén. Los políticos y los caballeros de la ciudad estaban allí para recibirlos. Más tarde todos asistieron a un banquete, cuatrocientas personas, todos hombres, las mujeres solo estaban invitadas al baile posterior, como relata Eduardo Saavedra Moragas, ingeniero constructor de la estación y del trazado de la vía.
Don Segundo Sierra Pambley, accionista en la Compañía del Ferrocarril Minero de Langreo y miembro de la Junta de suscripciones para el ferrocarril de León, que avaló el proyecto, y su sobrino Don Francisco Fernández Blanco, colaborador con la Comisión promotora del Ferrocarril Leonés estarían allí. El Archivo de la Fundación Sierra Pambley, custodio de los papeles de la familia, conserva una composición lírica que glosa la llegada de la primera locomotora a León. Con ella la Ilustración, la industria, el comercio y el progreso.
Era noviembre. Corría el año 1863.