La ciudad de León tuvo el honor de contar con Salvador Gutiérrez Ordóñez como pregonero de las fiestas de San Juan y San Pedro 2015. El presidente de la Fundación Sierra Pambley y miembro de la Real Academia Española elaboró un precioso texto que ahora ponemos a disposición de todo el mundo para que lo disfruten no solo los leoneses de “natura” y de “pastura” sino cualquier persona que lo desee.

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE SAN JUAN Y SAN PEDRO (2015)

Salvador Gutiérrez Ordóñez

 

Leoneses y leonesas:

-los de natura y los de pastura,

-los empadronados y los transeúntes,

-los de intramuros y los de extramuros,

-los nobles, los clérigos, los burgueses y los siervos de la gleba:

Por orden del regidor de esta antigua, noble y heroica ciudad,

os anuncio una gran alegría:

Llegan las fiestas de san Juan y de san Pedro.

Son las fiestas del solsticio de verano con las que nuestros antepasados celebraban desde la más remota antigüedad la mágica victoria de la luz sobre las tinieblas. Se agradecía a la madre tierra el benéfico regalo de los cereales y de los primeros frutos (cerezas, higos, fresas…). Se festejaba la purificación de las aguas, sobrevenida tras el fin de los deshielos. Se cantaba en armonía con las aves recién llegadas a la vida. Se gozaba del calor y del color que reverberaba en la ya florida naturaleza.

La palabra solsticio significa ‘parada’ o ‘detenimiento’ del sol. Señala el final del crecimiento de los días. Por medio del fuego, al que se atribuían poderes mágicos, los antiguos pretendían anular la noche y establecer un puente de luz entre las dos jornadas más largas del año. En torno a las fogatas se reunía el pueblo participando en danzas rituales con cánticos, conjuros y hechizos. A las llamas se arrojaban objetos simbólicos de enfermedades, de plagas, de males y de faltas que deseaban borrar. Los varones saltaban sobre el fuego enardecido porque las llamas encrespadas y crepitantes ejercían sobre el espíritu el mismo efecto purificador que en el hierro y los metales. Cuando la hoguera quedaba reducida a brasas y pavesas, no faltaban audaces enardecidos que, por exhibición o por purificadora penitencia, la cruzaban descalzos. El fuego, asociado por su color a la sangre, era el símbolo de la pasión y de la fecundidad. Por eso, la noche del solsticio era la noche del amor.

A la mañana siguiente, los animales impuros abandonaban las fuentes y arroyos, y las aguas adquirían poderes sobrenaturales en contacto con el rocío de las flores del campo. Recogidas al amanecer, mezcladas con pétalos de rosa o flor de verbena, alcanzan poderes curativos para el espíritu y para el cuerpo.

El calendario cristiano unió las celebraciones milenarias del solsticio a la festividad de San Juan, cuyos bautismos en el río Jordán se hallaban íntimamente ligados al efecto purificador de las aguas.

Leonesas y leoneses:

En la noche de San Juan, para dar continuidad al mito, podréis admirar cómo los fuegos artificiales llenarán de nuevas y brillantes estrellas vuestro cielo. En la plaza de la Junta se encenderá una gran hoguera a la que deberéis arrojar vuestras angustias, penas, frustraciones…, y ante la que podréis formular, enlazadas las manos, vuestro compromiso de felicidad compartida.

Llega la semana de San Juan y de San Pedro. Son las fiestas de todos, de niños y de mayores, de los regidores y de los ciudadanos, de los vecinos y de los visitantes. Son nuestras fiestas. Yo, que he recalado aquí hace más de treinta años desde una aldea sanjuanista, os convoco a gozar de los dones de la naturaleza, de los encantos de esta ciudad, así como de las variadas y singulares actividades que os ofrece la programación de festejos. Llenad cada alvéolo con el aire puro de la estación, superad el recuerdo de los malos momentos, agradeced el regalo de la vida, sed felices y haced dichosos a los demás. Sed generosos con los vuestros y hospitalarios con los que nos visitan. Mostradles los tesoros monumentales y culturales (incluidos los gastronómicos) de vuestro entorno. Olvidaos del recelo y del pique (también del Piqué). Estad a la altura de vuestra nobleza.

Seguid con los niños las fanfarrias, las charangas, los pasacalles de gigantes y cabezudos, acompañando con palmas sus rítmicas y conocidas melodías o danzando al compás de Paquito el chocolatero. Llevadlos a experimentar la magia del teatro infantil, la ilusión de los cuentacuentos o el espacio del agua. Acudid con ellos a la feria para que renueven el hechizo perenne de los caballitos, de la noria, de los coches de choque, del pulpo, del tren de la bruja o de otros carruseles. Nunca olvidarán ese cartucho de churros, esa bolsa de chuches, esas almendras garrapiñadas o esa madeja de azúcar como la que, tal vez, tanto os hubiese gustado probar en la infancia. ¡Ah! Y la magia del circo. Observad sus ojos de plato en el desfile de elefantes y caballos, sus saltos nerviosos al ver actuar a las fieras, su corazón en vilo ante los ejercicios de los equilibristas, su risa contagiosa tras las bofetadas y el mimo de los payasos…

En cuanto a vosotros, jóvenes, sois los otros reyes de las fiestas. Habéis terminado o estáis terminando los exámenes y se aproximan las vacaciones. El sol luce en lo más alto, templa las aguas y el aire transmite una dorada tersura a vuestra piel y se refleja con un fulgor especial en vuestros ojos. La luz desentumece los músculos contraídos por el frío del largo invierno, calienta la sangre y desata los sentidos. Es el amor que os llama, como se glosa en el libro más hermoso, el Cantar de los cantares:

Mi amado habló, y me dijo:

Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.

Porque he aquí que ha pasado el invierno,

se ha mudado, la lluvia se fue;

se han mostrado las flores en la tierra,

el tiempo de la canción ha venido,

y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.

La higuera ha echado sus higos,

y las vides en ciernes dieron olor;

levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.

(Cantar de los cantares: 2.10-13)

Seguid, jóvenes, pero con prudente responsabilidad, el consejo del carpe diem horaciano, interpretado por Garcilaso en versos de oro:

coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre;

(Garcilaso de la Vega, Soneto XXIII)

Podréis disfrutar de conciertos y festivales de música, teatro y cine, así como de recitales poéticos, recorridos artísticos… No se me oculta que en las templadas noches tenéis cita para reuniros a charlar, cantar y retozar en los verdes sotos del Bernesga. Si sobreviene la ebriedad, que no sobrepase los umbrales de la claridad, que es un don del cielo, en palabras del poeta Claudio Rodríguez. Procurad que el botellón no sea garrafón ni contenga alquimias psicotrópicas. Recoged plásticos y todo género de cochambre, pues al alba desde las aguas habrá de salir un coro de ninfas a cantar y a secar sus cabellos en la ribera.

Jóvenes: disfrutad del día, pero nunca olvidéis que sois los sujetos agentes de vuestro futuro. Eso implica decisión, esfuerzo y también peligro. Pero, como decía Píndaro, “Hermoso es el riesgo”. O, como reza la divisa en la torre de los Fefiñanes, recogida en un hermoso relato de Antonio Pereira; “Osar morir da la vida” (A. Pereira, La divisa en la torre, p. 20).

Ahora me dirijo a vosotros, compañeros de la edad madura. Estas fiestas constituyen una hermosa oportunidad asociada a la esperanza. Evitemos que descienda sobre nuestros ojos la niebla de la nostalgia: la vida gira y los círculos del devenir se repiten en un movimiento perpetuo. Al contemplar el brillo en los ojos de un niño y el esplendor de la juventud, tomamos conciencia de que el paraíso original ha tenido que ser eso. Es un edén en el que hemos vivido y que para nosotros ya fue; y no es malo que haya sido, porque fue. Pero nuestro tiempo tiene el encanto de la luz del membrillo y de la serenidad estoica y, con el cielo estrellado del verano, no dejarán de asomar nuevos brotes de pasión y de ilusión.

Las Fiestas de San Juan y de San Pedro son celebraciones volcadas hacia el exterior. Por milagrosas que sean, quédense las aguas donde están, en las fuentes y en los ríos, vigiladas por xanas y otras divinidades de fábula. Que irriguen ordenadamente las huertas y los campos. Pero el garbanzo, la cecina, el jamón, el lomo, el chorizo y el queso aborrecen lo incoloro, lo inodoro y, con más motivos aún, lo insípido. El consumo moderado de líquidos brazodilatadores, como el vino, la sidra o la cerveza, propicia la extensión de los remos superiores hacia el abrazo, la comunicación y la amistad. Son fechas ideales para la asociación y la compañía, para aproximarse a la barra y la mesa en conversación animada y chispeante.

También son buenos momentos para reconocer y revisitar nuestro espacio urbano. León es una enciclopedia viviente de historia y de arte: su muralla y su trazado son una proyección del pasado, cada piedra recuerda acontecimientos que ocurrieron aquí (no en otra parte), cada esquina o pasadizo viene asociada a leyendas y a personajes antiguos. Al recorrer las calles, colgados del éter penden los versos quebrados de Crémer:

Ciudad

Suena a campanada rota

sobre la horca parroquial

y sabe a nieve. La piedra

se pudre en la oscuridad

con heraldías gravadas

a golpe de pedernal

y de viento. Ladra un perro

a su sombra. Solos van

por el cielo encadenado

el sol y la Catedral.

(V. Crémer, Antología poética, p. 191)

La fuerza desnuda de estas palabras nos pone en contacto con otro de los prodigios de esta ciudad y de esta provincia: el esplendor de la literatura leonesa. Sin olvidarnos de precedentes gloriosos, desde la creación de Espadaña hasta el presente, la proliferación de escritores de calidad es un hecho que sorprende a propios y extraños. Son objeto de estudio en las universidades más prestigiosas del mundo. Destaca la extremada calidad poética y la finura narrativa de autores que, como Crémer, Gamoneda o Pereira, en la postguerra no habían tenido acceso a una formación universitaria. Ellos y otros escritores de su generación fueron maestros y ejemplo para otros que hoy han alcanzado cimas literarias (Luis Mateo, José María Merino, Juan Pedro Aparicio, Julio Llamazares, Andrés Trapiello, Antonio Colinas, Juan Carlos Mestre…). Estos, a su vez, son el punto de enganche con una nueva y pujante literatura que ya tiene renombre y que escala peldaños hacia un futuro perfecto. Nuestras fiestas constituyen un buen motivo para acercarse a su lectura o asistir a sus recitales y conferencias.

En este pregón no faltarán palabras destinadas a los que no pueden participar de estos festejos. A los que viven en la penuria por no tener trabajo. A los leoneses trasterrados, especialmente a los jóvenes que han tenido que migrar a tierras lejanas para ganarse la vida. Al igual que en todo el país, pero tal vez con mayor virulencia, estamos atravesando momentos de zozobra y, en algunos sectores, de verdadero naufragio. Se está hundiendo la minería, muchas pequeñas empresas y comercios han cerrado, no hay construcción, no se crean puestos. Los padres nos vemos abocados a la triste realidad que describía Antonio Machado:

Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares;

la tempestad llevarse los limos de la tierra

por los sagrados ríos hacia los anchos mares;

y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

(A.Machado, Poesías completas, p. 495)

Realidad que se asemeja a la también descrita por Antonio Gamoneda:

Cierto año la gente empezó a irse

y en muchas casas no quedaba nadie.

El año en que la gente empezó a irse

en muchas casas no quedaba nadie.

(A. Gamoneda, “Blues del cementerio”, Edad, p. 179)

León tiene un pasado esplendoroso y se debe explotar, sí, la veta del turismo cultural; pero no podemos vivir solo de blasones y de mesones. No nos conviene quedar contemplando como budas eternamente nuestro ombligo. León es una ciudad que ha formado una juventud inquieta y preparada que no desea otra cosa que generar belleza y riqueza. Quieren hacer música, teatro, cine, diseño, escultura, nueva alfarería, decoración, animación gráfica, moda, publicidad, literatura, nueva gastronomía… Quieren crear pequeñas empresas de informática, de servicios culturales, de atención social… Con los nuevos sistemas, podrían hacerlo aquí y desde aquí. No es malo que se vayan algunos, incluso muchos; pero es catastrófico que se tengan que ir todos. Ante esta situación, lo grave sería que no nos diéramos cuenta de que esa fuerza magmática, ese impulso de futuro, existe. Es necesario apoyarlos y fortalecer instituciones que, como la universidad, pueden contribuir a formarlos, y a orientarlos. Es imprescindible que las empresas se rejuvenezcan.

Hace una semana estuve en Milán. La ciudad explota, ¡cómo no!, sus maravillas históricas y artísticas: como otros muchos turistas pude visitar la catedral, San Ambrogio, la Última Cena de Leonardo, la Pietà Rondanini de Miguel Ángel, así como varios museos y exposiciones. Pero es una ciudad que, sobre todo, vive del presente y piensa en el futuro. Es una explosión de creatividad. Por eso, es referencia mundial en algunos sectores como la moda, el diseño o la industria de transformación e incluso las finanzas. A la vez se ofrecía al mundo en el escaparate universal de la Expo 2015.

La solución se halla en manos de todos, de todos, pero en especial de quienes manejan las riendas desde el pescante. Deseemos suerte en esta tarea al nuevo alcalde y a la renovada corporación.

Para no faltar al rito, termino con una invocación a los santos patronos y con un brindis: que el agua del Bautista purifique nuestros ojos para encontrar el camino adecuado entre tanta espesura y que el apóstol Pedro nos abra las puertas de un espléndido futuro. Como pueblo, hagamos nuestras las palabras festivas del coro en el brindis de la Traviata:

TODOS

¡Alegrémonos! El vino y los cantos

y las risas embellecen la noche;

y el nuevo día nos devolverá al paraíso.

¡¡¡FELICES FIESTAS!!!

Salvador Gutiérrez Ordóñez